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FEMINISMO COMERCIAL

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre este tema, del que supe por primera vez mientras trabajábamos diferentes corrientes feministas en el Máster. De las que analizamos, me llamó la atención una en particular, que veo cada vez más presente en las personas jóvenes con las que trabajo, y que me preocupa especialmente en tanto que tiene, precisamente, el poder para desmantelar los logros que hemos conseguido en materia de igualdad de género.

Este es el feminismo comercial, conocido también como feminismo mainstream, feminismo pop, o como lo pondría brillantemente la autora británica Rosalind Gill, Post-feminismo. Es el carro del feminismo al que se han subido las grandes marcas, la industria musical, y en general, todas las industrias de la cultura popular. El feminismo de la mujer glamurosa, sexy, independiente y empoderada. El feminismo de la libre elección. El feminismo de Operación Triunfo, Dove, los reality shows. ¿Pero, en qué consiste?

Es un feminismo que problematiza el patriarcado como un problema de la mujer. De las inseguridades de la mujer, en concreto. Que considera que si ellas no consiguen estar en igualdad de condiciones que los hombres es porque no tienen suficiente seguridad en si mismas, porque no se quieren lo suficiente, porque no están empoderadas. Y propone una fórmula fácil de empoderamiento a través del consumo y la estética.

Son varias sus características, pero aquí me gustaría centrarme en tres. La primera es la obsesión con el cuerpo femenino y la consecución de un “tipo” sexy como eje central de su discurso. Aquí la feminidad no se problematiza como un una construcción social o psíquica, sino como corporal. Los medios de comunicación, por un lado, instan a las mujeres (y como señalaría Gill, cada vez más a los hombres) a sentirse poderosas a través de la estética, las dietas, el fitness, el control continuo sobre su cuerpo; rutinas que tradicionalmente han llevado a las mujeres (y los hombres) a sentirse miserables consigo mismas (sus cuerpos). Pero por otro lado, los medios también instan a las mujeres a quererse a sí mismas, a tener más confianza en si mismas y aceptar su cuerpo como es. Añadiendo, un nuevo nivel de violencia.

No solo las mujeres deben de seguir obsesionadas con la estética como antaño, sino que además están obligadas a quererse tal y como son, a sentirse más seguras, articulando una doble violencia. La primera corporal, y la segunda psicológica. Esto se puede ejemplificar con una situación de la vida cotidiana, a la que el famoso pensador esloveno Slavoj Zizek suele recurrir para hablar del totalitarismo.

Pon que llega el fin de semana y un padre quiere llevar a su hijo a ver a la abuela. El niño, se niega. Un padre tradicional simplemente obligaría a su vástago a ir a casa de la abuela. “Es tu obligación”. Mientras que el padre “moderno” diría algo así como “puedes decidir si quieres ir a ver a la abuela o no, es tu decisión, PERO ya sabes que si no vas, ella se va a sentir muy triste”.

Aquí, el segundo padre ejerce una forma mucho más brutal de violencia, porque en la práctica, el niño no solo está obligado a ir a casa de la abuela, sino que además, debe de hacerlo bajo la apariencia de una libre elección. De la misma manera, la mujer no solo está obligada a seguir los mismos códigos estéticos que antaño, sino que además DEBE de amar el mismo cuerpo que está intentando continuamente perfeccionar, y debe de querer hacerlo, por voluntad propia, para empoderarse.

En una sociedad mediática crecientemente sexualizada, la obsesión con el cuerpo se une a la siguiente característica del feminismo comercial (o post-feminismo), el cambio de paradigma de la mujer como objeto sexual al de la mujer como sujeto sexual deseante. Ante las demandas de los feminismos, los medios de comunicación, y en especial la publicidad, se han visto obligados a ofrecer representaciones más progresistas de la mujer. Por lo tanto, donde a la mujer antes se la representaba como un mero objeto de deseo para el público masculino, ahora se la representa como un sujeto activo que desea, voluntariamente, objetificarse sexualmente porque es su libre elección. “La mujer joven, heterosexual y autónoma que juega con su poder sexual y siempre está lista para la acción”, como diría Gill.

Un ejemplo claro de esto, en la cultura popular, lo representa para mí el auge de la producción de reggaetón femenino. Que no feminista. Por ejemplo, en la típica canción de reggaetón, la trama suele girar en torno a un chico malo que llega a la discoteca en busca de mujeres a las que seducir. Aparece una chica, presumiblemente insatisfecha con su novio, y él, que ya sabe a primera vista que ella le desea y que quiere tener sexo con él, consigue cortejarla.

Las canciones de reggaetón femenino (véanse artistas como Becky G o Natti Natasha), aunque admito que personalmente las disfruto, nos ponen precisamente en la piel de la mujer insatisfecha que está deseando encontrar un hombre “de verdad” que la corteje. Ella se presenta (en la discoteca) como un sujeto deseante, que voluntariamente acepta convertirse en el objeto de deseo, que sostiene la fantasía del mismo hombre que solo la ve como un pedazo de carne. Es como darle la vuelta a la tortilla. La paradoja es que la canción de reggaetón clásico nos causa rechazo, porque es el hombre el que objetiviza a la mujer, pero la segunda, nos parece progresista porque es ella misma quien elige ocupar ese lugar, a pesar de que el planteamiento sea prácticamente el mismo en los dos casos.

Esto nos lleva a plantearnos los mecanismos que el feminismo comercial emplea para sostener esta convivencia idílica entre “feminismo” y machismo. La libre elección, el individualismo y el empoderamiento. Volviendo a Gill, el feminismo comercial parece haber depolitizado totalmente la lucha por la igualdad de género. Y dejado atrás el debate sobre las diferencias entre hombres y mujeres. “Boys Will be Boys”, como diría la famosa canción de Paulina Rubio. Los hombres son como son y las mujeres también. Si las mujeres quieren llegar a ser alguien deben “centrarse en ellas mismas”, “ser ellas mismas”, “gustarse a ellas mismas”.

Y aquí nos olvidamos de un hecho fundamental, que es que ninguna elección es totalmente libre. Ninguna elección se toma fuera de un contexto político-ideológico. Aunque digamos que tenemos que deshacernos de la política/ideología para poder disfrutar la vida tal y como es, ella siempre está allí, en cada momento de la vida cotidiana.

Tomando otro ejemplo, quizás absurdo de Zizek, de un análisis que hace sobre los inodoros. Él dice: “Es fascinante cuan diferentes son los baños a lo largo del mundo” Vas a Alemania, y el inodoro tradicional tiene dos niveles, la “cagada” cae sobre el primer nivel, donde puedes observarla, ver si tiene algo raro, antes de desaparecer por el agujero. En Francia, el agujero del desagüe está en la parte de atrás, de manera que cuando vas al baño, el excremento desaparece automáticamente. Y en Inglaterra, es una combinación de ambos. El excremento queda flotando y cuando tiras de la cadena desaparece lentamente, dándote el tiempo suficiente como para que lo veas, pero no mucho.

“Estas diferencias son un aspecto clave. Francia, espíritu revolucionario, la mierda desaparece rápidamente, como una especie de guillotina; en el mundo anglosajón: un espíritu pragmático, déjalo estar, seamos racionales. Por último, Alemania: metafísica, poesía, una actitud contemplativa”. Aunque la ideología cubre cada aspecto de nuestra realidad, “los liberales dan un discurso diciendo que tenemos que deshacernos de la política, y cuando terminan van directos al baño”.

De nuevo en el tema que nos compete, ¿No es esta la paradoja del feminismo comercial (que es profundamente liberal) ?,¿La paradoja de que una mujer pueda decir que está empoderada y que nadie la controla, al mismo tiempo que sufre las discriminaciones de siempre? Que la solución que se ofrece a un problema que es social son más cursos de emprendimiento femenino, de empoderamiento; más programas como en su momento fueron Cámbiame (de Telecinco): una mirada experta que me diga qué tengo que hacer para ser perfecta y llegar a lo más alto. Más cremas, más maquillaje, más libros de autoayuda, más gimnasios, más camisetas de “soy feminista”, zapatillas de running para que nadie pueda pararte.

“Porque tú lo vales”. Pero obviamente, pagando.  

Ciro Matas, Educador Social

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