Sex Academy Blog

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El PIN parental como eufemismo para la censura educativa.

La sexualidad y todo lo que la rodea suele despertar polémica, esto no es nuevo. Los sexólogos y sexólogas estamos acostumbrados a los muchos estereotipos que se escuchan sobre nuestra profesión y a que nos confundan con poco más que personas que enseñan a alcanzar orgasmos o a probar posturas nuevas en la cama. Como digo, no es nuevo, viene de largo, pero me entristece ver que la sexualidad se sigue reduciendo hoy en día a lo genital y lo erótico cuando esto es una ínfima parte de un trabajo tan amplio y bonito como el nuestro.

De las muchas actividades profesionales que se pueden ejercer desde la sexología, una de las más gratificantes y, sin duda, mi favorita, es la educación sexual. Trabajar con jóvenes y ayudarles a entender la sexualidad de una manera positiva, inclusiva y sana es una de las labores más importantes de cualquier sexólogo. Somos conscientes de nuestra responsabilidad, de la delicada tarea que nos confían en estas horas y de la importancia de hacerlo desde un punto de vista científico, basado en la evidencia, que respete todos los valores y creencias. No siempre es fácil, en general la tarea educativa requiere una vocación y una formación que demasiado a menudo no reciben todo el crédito que se merecen. Estar con 30 niños y niñas en el aula y ser capaz de conjugar todas sus particularidades en dinámicas y recursos que lleguen a todos ellos es una labor malabarística.

Cuando hacemos educación sexual es importante entender de dónde vienen los conceptos errados que muchos adolescentes manejan (la respuesta es, con pasmosa frecuencia, que vienen del porno). Se deben deconstruir todos los mitos que arrastran y darles las herramientas necesarias para construir una concepción más acertada de sexualidad. Pero, en contra de lo que muchas personas afirman últimamente, no, no les adoctrinamos ni les decimos cómo tienen que pensar. Es más, ¿de verdad sería esto siquiera posible? ¿Habéis intentado alguna vez decirle a un adolescente cómo tiene que pensar o que tiene que creerse algo a pies juntillas? En la época de la vida que es más rebelde por naturaleza, si le decimos a un chico o chica que tiene que pensar X “porque lo digo yo”, os puedo asegurar que el 90% se empeñará en pensar Y. Y esto me parece maravilloso. No debemos exigirles un razonamiento concreto ni una creencia ciega en lo que nosotros decimos. Nuestra labor es darles herramientas y recursos necesarios para que ellos mismos y ellas mismas aprendan a diferenciar las verdades de las mentiras y, mejor aún, aquellas cuestiones en la vida en que las cosas no siempre son blancas o negras. Debemos promover el pensamiento crítico, la duda, la reflexión, el no creernos todo lo que nos cuentan. Porque en dos horas de educación sexual, más allá de algunas nociones básicas que serán importantes para su salud, es imposible que les expliquemos todo lo que necesitan saber, así que nuestra mejor contribución es asegurarnos de que se vayan de esa clase poniendo en duda todo lo que han visto en el porno, en la tele, en las redes sociales e incluso aquella información que pueda llegar de parte de sus amigos.

Y claro, esto da miedo. Enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos es lo contrario al adoctrinamiento, pero se puede percibir como algo igual de peligroso desde algunos sectores. Quienes quieren que todo siga igual y quienes no entienden la importancia de la diversidad sexual, del feminismo y de la IGUALDAD con mayúsculas, deben asistir con horror a este terrible adoctrinamiento en el que les hacemos dudar por qué el color rosa debe ser de niñas, por qué amar a alguien de tu mismo sexo está mal visto, por qué mueren tantas mujeres asesinadas todos los años, por qué nuestra pareja no nos pertenece, por qué, por qué, por qué…

Todos los movimientos sociales que han procurado una consecución de nuevos derechos y una mejora de la vida de las personas más vulnerables han venido siempre acompañados de fuertes movimientos de resistencia y oposición. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo con este supuesto “pin parental”, con esta censura educativa. Se está intentando frenar el avance de los movimientos por la igualdad. No hay más que pararse a observar quiénes lo proponen y defienden para darnos cuenta de que son las mismas personas que jamás se han visto afectadas por estas desigualdades, las que ostentan los privilegios sociales y no quieren renunciar al statu quo.

En el extremo opuesto, personas que han sufrido discriminación y violencia nos imploran que no cejemos en nuestro empeño de educar a la sociedad para la convivencia y el respeto. ¿Cuántas personas LGBTI+, víctimas de abusos sexuales o de violencia de género están alzando su voz para defender el derecho a la educación sexual? Nos aseguran que su vida hubiera sido mucho más fácil si en sus clases hubieran tenido espacio para estas conversaciones, que quizá no les habrían agredido al grito de “maricones” o habrían aprendido a tiempo que los celos no son una prueba de amor. Puede que hubieran disfrutado más de su juventud sin tener que plantearse si “había algo malo en ellos” por el hecho de ser trans o asexuales.

Eso es lo que ofrece la educación sexual: respeto, información, visibilidad, reflexión, pensamiento crítico, conocimientos. Y todo esto puede hacernos libres. Así que no dejemos que arrebaten a los jóvenes este derecho (que es únicamente suyo) en nombre de una supuesta “libertad” que, lejos de hacerles libres, les corta las alas y les pone una venda en los ojos frente a la realidad. El veto parental no es una opción más, es censura y es perjudicial para los jóvenes a los que se les pretende aplicar, para los compañeros que les rodean y para la convivencia en cualquier sociedad democrática.

 

¡Recuerda que puedes disfrutar de tu sexualidad a cualquier edad!

 

Laura Marcilla
Psicóloga, Sexóloga y Formadora de Sex Academy Barcelona.

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